Capítulo 3
“Una Exposición de los Textos Introductorios”
Teniendo claramente en nuestras mentes el análisis que hemos compartido del texto completo, comenzaremos ahora con la interpretación del libro del Apocalipsis.
Tal como ocurre con los libros del Antiguo Testamento, la primera palabra que leemos en éste es la que le da su nombre: “Apocalipsu” en Griego; “Revelatio” en Latín; “Revelation” en Inglés1. En todos los idiomas significa literalmente: “revelación de lo que estaba escondido”.
Como ustedes pueden ver en el texto, la fuente de la revelación es Dios Padre; el medio de la revelación es Jesucristo; y el agente usado para brindar el significado de la revelación es un ángel intérprete. La revelación se le da al apóstol Juan para el pueblo de Dios. Notemos que la palabra “significado” está usada correctamente, ya que la revelación se da a conocer por medio de signos y símbolos.
El ángel significador es el autor de la gran voz como de trompeta en el verso 10. Su voz es escuchada otra vez en el comienzo del capítulo 4, y reaparece en escena en los últimos capítulos del libro.
El verso 2 afirma que Juan es quien recibió esta revelación, de esta manera: el “que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto”.
Es importante saber cuándo es que Juan da testimonio de la palabra de Dios. El tiempo de verbo es “aoristo” con el cual, de acuerdo a la construcción gramatical, usualmente se refiere a algo completado en el tiempo pasado. Siguiendo el sentido dado por este tiempo “aoristo” debemos concluir que el verso 2 está refiriéndose al Juan a quien le fue dada la revelación; y que la acción de dar testimonio es la del testigo en que se había constituido con su evangelio. Esta construcción establecería de manera concluyente la autoría del libro; probaría que su autor es también autor del evangelio; y que el evangelio fue escrito con anterioridad al Apocalipsis.
La única manera de evadir esta conclusión es definir ese “dar testimonio” como lo que Juan está haciendo ahora respecto de la revelación que está recibiendo. Muchos grandes estudiosos insisten en este último significado, denominando al tiempo verbal “aoristo epistolar”. Personalmente, no veo la necesidad de sugerir esta última construcción.
Si hacemos referencia al evangelio de Juan, y obviamente a su primera carta, allí vemos que él manifiesta haber dado testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo y de todas las cosas que él vio y escuchó. En el verso 3 leemos: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía”. Sabemos que en aquellos tiempos las iglesias tenían lectores; eran encargados de leer y explicar a la congregación toda comunicación recibida, mientras los demás miembros de la congregación escuchaban.
Ya sabemos que Pablo dio directivas para que su carta a una iglesia fuese leída a otra iglesia; y que la carta a esta última iglesia fuese leída también a la primera. De modo que no es necesario ir a una fecha más tardía para encontrar el origen del lector a las iglesias, ya que el mismo Nuevo Testamento nos da su origen.
Desde el verso 4 y hasta el 6 inclusive tenemos el saludo de Juan a las siete iglesias de Asia que son las destinatarias de todo el libro. No sólo los capítulos 2 y 3 están concentrados en los mensajes especiales a las iglesias mencionadas; sino que también en el capítulo 12 verso 16 tenemos las siguientes palabras referidas a todo el libro: “Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para testificar a ustedes estas cosas para las iglesias”.
En conexión a lo expuesto, es importante comprender el uso dado a la palabra “ekklesia”. En el capítulo 16 de Mateo, Jesús dice: “(yo) edificaré mi iglesia”2, dándole al término el significado de “institución”. En el capítulo 18 de Mateo Él dice: “dilo a la iglesia”3; refiriéndose a la decisión que debiera tomar cualquiera de las iglesias involucradas ante un caso de disciplina.
Son muchas las veces que Él utiliza la palabra iglesia en el libro de Apocalipsis; y, en cada caso, la referencia es a iglesias particulares. El uso de esta palabra por parte de nuestro Señor nunca hace referencia a una iglesia universal ya existente, sea visible o invisible. No se refiere a la iglesia de Asia, sino a las siete iglesias de Asia. No hay nada en el uso que Él le da a la palabra, que indique la existencia de una iglesia de carácter provincial, nacional, Mundial o denominacional. Por el contrario, pareciera que Él toma sumo cuidado en evitar todo uso erróneo del término. Es verdad que en el capítulo 12, sin mencionar la palabra iglesia, Él presenta la idea de la iglesia como institución, bajo el símbolo de una mujer ataviada con el sol, con la luna bajo sus pies, con una corona de doce estrellas sobre su cabeza; mujer que, más tarde -en el capítulo 19- se convierte en la novia de Cristo o la iglesia en Gloria.
Pongamos cuidado al leer en el verso 6 la expresión: “y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”. Aquí tenemos otra vez el tiempo pasado, significando con ello que el reino ya existe. Sería muy extraño que una parte de la frase tuviese el significado de un reino que ha de venir, y otra la de un sacerdocio que ya existe.
Los cristianos sabemos -gracias a muchas escrituras- que somos sacerdotes ofreciendo sacrificios espirituales a Dios; y también que ahora somos un reino constituido. El Reino es ahora; y ha existido desde el tiempo en que el Dios de los cielos le dio comienzo, al hacerse carne y habitar entre nosotros. Es tan cierto que se convertirá en el reino glorioso, como que ahora ya es un reino.
El verso 7 requiere también una muy cuidadosa interpretación: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá; y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén.”
Alford4 sostiene que este verso es el texto clave del libro; como lo hacen todos los premilenialistas. Ellos están mentalmente convencidos de que esta es una referencia a la venida final de nuestro Señor. No está en mi ánimo sorprenderlos, pero se hace necesario investigar de dónde es que saca Juan esta imagen.
Ya he llamado la atención al más notorio de los hechos relacionados con este libro; y es que, aunque no lo exprese directamente, está lleno de referencias al Antiguo Testamento.
Todas sus analogías están tomadas del A. T. El paraíso de Génesis; las plagas de Éxodo; las visiones de Dios en Isaías, Daniel, Ezequiel; y las maravillosas visiones de Zacarías, aportan a la impronta del libro.
Entonces, nos preguntaremos, ¿En dónde encontramos el origen de la frase usada en el verso 7? En Daniel 7:13 leemos: “…con las nubes del cielo venía uno como hijo del hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino.” Esto se refiere, sin cuestionamiento alguno, a la ascensión y exaltación de Cristo después de su resurrección.
En Zacarías 12:10, hallamos el origen de la flagelación de Cristo: “y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito”. Esta lamentación, después de haber contemplado a quien habían traspasado, es seguida por la apertura de un manantial para la purificación del pecado e inmundicia. Lo que Cristo verá en su venida final no es la lamentación desesperada de los perdidos; sino el lamento penitencial que sigue al derramamiento del Espíritu de Dios sobre los de la casa de David, gracias al cual podrán ver en el evangelio al Cristo traspasado y levantado delante de ellos; y así alcanzar la vida. Juan ya ha hecho referencia a este pasaje de Zacarías en su evangelio; lo hizo aplicándolo a Cristo crucificado y no a Cristo en su venida final.
El lenguaje usado en el evangelio lo dice así: “Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: (…) Mirarán al que traspasaron”5
Todas las expresiones “con las nubes del cielo venía uno”, “traspasaron” y “lamentación” están tomadas del AT. Todas se refieren a Cristo crucificado y levantado a la vista de pecadores, los que, mediante el derramamiento del Espíritu son habilitados para reconocerle, creer en Él y ser salvos. Tenemos aquí la plena certeza que difícilmente podemos hacer de éste el “pasaje clave del libro”; y que debemos evitar referirlo a la venida final de nuestro Señor. El texto clave del libro lo consideraremos de manera directa. El propósito del verso 7 es referirse a la visión espiritualizada de Cristo mediante la fe ejercida por todos los linajes de la tierra.
Apoyándonos en la declaración de que el reino ya existe podemos considerar ahora el verso 9, donde Juan dice: “Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Aquí se nos asegura que Juan participó con ellos de la persecución y tribulación de entonces; y que, por su tenaz paciencia, pudo superar esa persecución. De la misma manera, mientras escribía este libro, Juan participó con ellos del reino ya existente.
El verso 10 comienza así: “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor”. La certera interpretación de los padres ha sido que “el día del Señor” aquí mencionado es una referencia al primer día de la semana, el sábado cristiano. Ya hemos visto en Colosenses que todo el sistema sabático Judío (semanal, mensual, anual, hebdoanual, y el sábado del Jubileo) fue enteramente clavado en la cruz de Cristo; porque, siendo solo sombras de lo por venir, al darle cumplimiento Cristo fue abrogado. Por tal motivo, el cristiano no debiera ser juzgado por no guardar el sistema sabático Judío. Podría guardar ese sistema motivado por el deseo de ganar a otros para Cristo; pero nunca como una exigencia u obligación impuesta. Ya hemos visto en nuestro estudio de la carta a los Hebreos, la clara distinción existente entre el sábado y el séptimo día.
El sábado (sabbath) es perpetuo, con todas sus obligaciones incluidas. El séptimo día (hedhome) nunca lo fue; se lo conoce como “otro día”; y así como al finalizar su trabajo de la Creación el Padre fijó el séptimo día como sábado conmemorativo, también Cristo, habiendo consumado el más grande trabajo de la redención, fijó “otro día”, el primero de la semana, para que el pueblo de Dios pueda tener su propio día de guardar (sabbath).
En este día, entonces, el día del Señor (o sabbath cristiano), Juan estaba en el Espíritu y oyó la voz como de trompeta instruyéndolo para escribir un libro con las visiones que habría de recibir y enviarlo a las siete iglesias de Asia.
¡Ay de los cristianos profesantes, especialmente los que predican, que no escuchan voces ni ven visiones! Vemos y oímos de esa manera cuando estamos en el Espíritu. Aquél que no tiene un sabbath que guardar (día sabático, de reposo) que no le consagra un día al Señor, no se comporta como alguien que está “en el Espíritu”.
Desde el verso 12 y hasta el 16 inclusive, tenemos una sorprendente visión que es el texto clave para la interpretación de todo el libro de Apocalipsis. Los elementos de la visión son, en primer lugar, los siete candelabros de oro y, en medio de ellos, una visión de Cristo como el sol de justicia, sosteniendo en su mano derecha siete estrellas y con una aguda espada de dos filos que sale de su boca.
Él mismo explica esta visión: los candelabros representan a las siete iglesias; las estrellas representan a los mensajeros o pastores de las iglesias; la espada de dos filos representa Su palabra, el evangelio. La visión en sí es de luz total. La luz central es Cristo, el sol de justicia, y las luces secundarias son las iglesias y los predicadores (los instrumentos diseñados para esparcir la luz, la Palabra de Dios).
En el próximo capítulo veremos que, mientras Cristo está en el medio de las iglesias, en realidad no lo está en persona, sino por medio de otro Ayudador, el Espíritu Santo, que es su “alter ego”, su vicario aquí en la tierra.
En su evangelio, Juan ya nos había presentado a Cristo como la luz del mundo; pero, desde que el Señor ascendió al cielo, esta luz está reflejada por las iglesias y predicadores por medio del Espíritu y la Palabra.
El objeto de la visión es mostrar que el mundo entero será iluminado por las iglesias y predicadores en la dispensación del evangelio; la cual es la dispensación del Espíritu Santo; porque cuando Cristo le habla a las iglesias, les dice: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
La doctrina de esta visión es de incalculable importancia. Nos enseña que en la dispensación del Espíritu, o de la Palabra a través de las iglesias y predicadores, se cumplirá el trabajo completo de la salvación lograda por la muerte vicaria del Señor. Hemos de encontrar en toda revelación subsiguiente este pensamiento rector: el mundo ha de ser iluminado por estos portadores de luz. No hay ninguna pista respecto de otra fuente o medio instrumental de luz. No hay traza alguna de que las iglesias fracasarán en la tierra y de que Dios proveerá otro recurso ocupando el lugar del primero, para completar el misterio del Reino de Dios.
Esto está de acuerdo con la gran comisión del capítulo 28 de Mateo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones; bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado, y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”6
Es un pesimista el que cree que la finalidad del evangelio se reduce a que haya testigos que aquí y allá rescaten a algunos de los perdidos del mundo; que la intensidad de la luz reflejada irá haciéndose cada vez más débil hasta la segunda venida; y que, en virtud de un despliegue maravilloso de poder milagroso, el Espíritu será remplazado por Cristo en su retorno, para asumir personalmente la conquista del mundo. Esta perspectiva –me hago cargo- está frontalmente opuesta a todas las enseñanzas tanto de este libro como de los otros libros del NT.
Es el Espíritu, a través de las iglesias y del evangelio, quien conquistará todo lo que habrá de ser conquistado. El retorno de Cristo ya no será una ofrenda por el pecado para salvación; sino para levantar a los muertos, juzgar al mundo y ponerle fin a los asuntos de esta etapa del reino, para reintegrárselo al Padre. El retorno final de Jesucristo a la tierra, será en forma personal, palpable, visible y audible; con un despliegue de todo el poder divino; pero no será para la conversión de ningún ser humano, porque pondrá fin a los días de salvación.
No debemos anidar en nuestra mente la idea de que el evangelio prácticamente fracasará, que el mundo irá de mal en peor hasta la segunda venida de Cristo, y de que tenemos que poner nuestra esperanza en las grandes fuerzas redentoras después de Su retorno; porque si así pensáramos, estaríamos invirtiendo una fe muy limitada en nuestro trabajo misionero de evangelizar el mundo; no habría lugar en nuestro corazón para la esperanza de ver a las misiones cumpliendo con la salvación de los hombres.
Por el contrario, podemos dar por hecho que todo el libro de Apocalipsis es una visión de esa luz que va siempre en aumento, hasta que el Espíritu, con el evangelio, inunda todo el mundo con ella. Y tan es así, que esta idea se pone de manifiesto como un pensamiento rector en la cadena de revelaciones que siguen, hasta la consumación final de la luz eterna que se nos presenta en los capítulos 21 y 22 con que se cierra el libro.
En el verso 17 se nos informa que al ver a Cristo glorificado Juan cayó como muerto a sus pies. La enseñanza de la Biblia es coherente con la idea que cuanto más cerca se está de Dios, y más clara visión se tiene de Él, mayor es la percepción que tenemos de nuestra condición de pecadores.
Job tenía una muy buena opinión acerca de sí mismo; nunca ocultó su deseo de encontrarse cara a cara con el Todopoderoso. Pero cuando vino el Todopoderoso y Job se encontró parado en la blanca luz de la santidad de Dios, a pesar de ser el hombre más justo de su tiempo, exclamó: “Yo hablaba lo que no entendía; (…) Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.”7
Isaías, el más santo hombre de su tiempo, cuando tuvo la visión del Todopoderoso, clamó a gran voz; “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”8
Por eso, cuando uno escucha a algún extravagante enorgullecerse de su santidad, su declaración mide más su lejanía de Dios, que su cercanía. Si tal persona realmente estuviese en la claridad de la luz, entonces estaría en condiciones de descubrir las manchas de su ropa que no puede ver en su estado de semipenumbra.
Esta visión lo presenta a nuestro Señor como a un sacerdote real en Su trono. Cuando se los comprende por medio de la fe, la gloria de su enaltecido sitial y la autoridad con la que Él está investido, disipan el temor; a pesar de que el santo es tan imperfecto, Su voz lo calma: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y el Hades (…) el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre.”9
Para el cristiano abatido, la visión de este Cristo enaltecido obra como una cura segura, tanto para su abatimiento como para sus miedos. Porque no es una visión de nuestro Señor en los días de su humillación, cuando no tenía dónde reclinar su cabeza; cuando se había despojado de la gloria que correspondía a su estado original en el cielo. Por el contrario, es una visión de Jesús resucitado, ascendido y glorificado sobre el trono del universo; tal como su presencia es sentida en las iglesias. Por medio del Espíritu, la palabra predicada por las iglesias es poder de Dios para salvación.
No puedo evitar aquí, hacer referencia a un incidente personal que me ocurriera en el verano de 1905. Viajaba yo en tren en la región del Panhandle10, y experimentando una pesadumbre mental enorme mientras meditaba acerca de las imperfecciones de las iglesias y de los predicadores. Mi abatimiento se había incrementado después de ver que en todo el Suroeste -un territorio más grande que el resto del sur del país- no se había tomado ninguna medida para entrenar a los predicadores para que sean mejores y más eficaces en su ministerio. Cuando vi a los representantes de algunas escuelas de entrenamiento ministerial llegando a Texas y a otros estados del suroeste con sus mentes envenenadas respecto de doctrinas vitales de la Biblia, como la deidad de Cristo, Su expiación vicaria y el trascendente poder del Espíritu Santo, mi abatimiento se hizo aún mayor.
¿Qué hacer para contar con una escuela en la cual impartir el adecuado entrenamiento a nuestros predicadores en el suroeste? ¿Cómo salvaguardarla de la herejía, una vez establecida? ¿Cómo convertirla en una barrera contra las olas de semi-infidelidad que se han adueñado del púlpito?
Fue en este punto crucial que vino a mi mente esta visión que tuvo Juan en la isla de Patmos; y tan vívida fue para mí que fue como si escuchase a Jesús hablando de manera audible: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén”.
Al instante mi corazón saltó de gozo y casi me levanté de mi asiento diciéndome: “Jesús está vivo; y si vive, Él puede manifestar esa vida ahora tan bien como la manifestó en la tierra; y con más poder aún. Si estando en la carne Él pudo calmar la tormenta, sanar al enfermo, levantar al muerto y reconciliarnos con Dios mediante su muerte vicaria, entonces, después de su resurrección, ascensión y glorificación, con toda la autoridad sobre el cielo y la tierra en sus manos, seguramente Él puede hacer posible cualquier cosa deseable para que Sus iglesias y predicadores sean más eficaces. Entonces, no habría necesidad de apoyarnos en evidencias históricas abrumadoras, sino que cada uno de nosotros podría tener una real demostración de que Jesús vive y es el Rey eterno.” Este hecho impactó enormemente en mi vida; me dio la fe y el coraje necesarios para asumir la iniciativa de fundar y establecer el seminario que actualmente presido.
En el verso 19 tenemos un análisis que el Señor hace del libro de Apocalipsis: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas”.
Lo que él vio es la visión a la que estamos refiriéndonos. Por las cosas que son se refiere: primero, ala revelación de nuestro glorioso Señor en su relación con las iglesias y pastores; y a su consiguiente misión como portadores de luz; segundo, a la condición de imperfección de las iglesias aquí en la tierra, tal como se describe en los capítulos 2 y 3; tercero, a la revelación del trono de gracia en el cielo, como se describe en los capítulos 4 y 5. Finalmente, por las cosas que han de ser después de estas, se refiere a todo lo que se describe desde el capítulo 6 y hasta el 22.
En esta interpretación del libro aunque en algunos detalles la enseñanza no puede ser dogmática, las principales líneas de pensamiento son tan claras como lo son las principales líneas de pensamiento en los cuatro evangelios. Un paciente estudio del libro será de un valor incalculable para nosotros. Mientras estudiemos y oremos teniendo fe, la certeza reposará en nuestros corazones cualesquiera sean sus temporarias idas y vueltas.
El resultado final es que todos los reinos de este mundo se convertirán en el Reino de nuestro Señor Jesucristo a través del trabajo de las iglesias y los predicadores; y las imperfecciones terrenales serán más que compensadas por el gran poder de Dios desde el trono celestial de nuestro Señor, que mantiene las lámparas llenas de aceite, bien ajustadas y ardiendo.
Notas del traductor.
Todas las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera revisión 1960.
1. Debe recordarse que el autor escribió originalmente en inglés.
2. Mateo 16:18.
3. Mateo 18:17.
4. El autor se refiere a Henry Alford (07/10/1810 - 12/01/1871); teólogo, educador, poeta, himnólogo y escritor inglés; su obra monumental “Nuevo Testamento en Griego” (4 volúmenes) le absorbió 20 años de su vida (1841- 1861) y significó una enorme contribución al estudio del NT.
5. Juan 19:34-37.
6. Mateo 28:19-20.
7. Job 42:3b; 5b; 6.
8. Isaías 6:5.
9. Apocalipsis 1:17,18; 3:7b.
10. El autor se refiere a la región del mismo nombre que, en el Estado de Florida (EE.UU), incluye los dieciséis condados del extremo oeste estatal, cuya capital es Tallahassee.