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“…Pasa a Macedonia y ayúdanos”                 (Hechos 16:9)

Una Revista Interdenominacional para la edificación espiritual

 

Tulsa, OK. 1º de Enero 2008 / Año 1, Revista No. 1

“Introducción a la Primera epístola de Juan”

(1ª Parte)

Por: Daviel D'Paz

 

Hemos iniciado una serie de mensajes sobre la primera epístola del apóstol Juan y lo primero que he estado haciendo, es investigar acerca del propósito del porqué Juan escribió esta carta. He estado sumergiéndome en un mar de literatura y comentarios bíblicos sobre esta epístola tan interesante. Y me he dado cuenta que Juan escribió esta epístola con un sentido de urgencia, con un sentido de necesidad por la situación en la que se encontraban muchas iglesias y muchos cristianos de ese tiempo. Y una de las razones que he podido ver por las que Juan se sintió impulsado a escribir esta carta, fue porque había un grupo de maestros que habían salido de la iglesia y ahora se encontraban sembrando la falsa doctrina.

 

Maestros que habían pertenecido a la iglesia externamente hablando, porque los que pertenecen a la iglesia  verdadera, nunca renuncian a ella; nunca salen de esa iglesia. Pero en ese tiempo había muchos que aparentemente eran cristianos y que habían abandonado las congregaciones y estaban causando confusión a otros cristianos, enseñando doctrinas completamente cuestionables y antibiblicas, doctrinas totalmente en contra de la Palabra de Dios. Y el apóstol Juan escribe esta epístola para aclarar la verdad y refutar las falsas enseñanzas de esos maestros.

En los comentarios que he leído, muchos comentaristas creen que el apóstol Juan estuvo pastoreando en la ciudad de Éfeso y que desde esa ciudad escribió esta interesante carta. Y esto me ha llamado la atención para que primero abordemos el trasfondo espiritual y religioso que estaba reinando en esa ciudad de Éfeso.

 

Éfeso era un centro del paganismo en ese tiempo. Esa ciudad era un lugar entregado a la idolatría y uno de sus ídolos principales era una mujer que se le conocía como “Artemisa” o “Diana de los Efesios”. Ella era supuestamente la diosa o patrona de los efesios. Así que, en esa ciudad saturada de idolatría, a Dios le plació establecer una asamblea local por medio del apóstol Pablo quien fue el fundador de esa iglesia y posteriormente se dice que el apóstol Juan fue a pastorearla.

 

Una de las cosas que he podido notar de la situación que imperaba en ese tiempo, era que los cristianos que vivían en esa ciudad de Éfeso, eran cristianos que pertenecían a la segunda o tercera generación. Eran cristianos que de alguna manera, habían perdido ya el celo del primer amor. Habían perdido el gozo que trae consigo la nueva vida en Cristo. Al principio de la vida cristiana todo es gozo y felicidad y el cristiano desea servirle al Señor y obedecerle en todo. Pero conforme pasan los años, el fuego del primer amor se va desvaneciendo y llega un momento cuando el cristiano ya no siente esa pasión por el Señor, ese celo por la sana doctrina y ese amor que le caracterizó en un principio.

 

Así que, el mismo apóstol Juan, escribió un mensaje a la iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2, y describió con precisión las condiciones de dicha iglesia en Apocalipsis 2:1-4, que dice:

“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: el que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.

 

Ese fue el reproche que Jesucristo le hizo a la iglesia de Éfeso y ese fue uno de los primeros problemas que comenzó a surgir en dicha iglesia: que los cristianos habían abandonado su primer amor, habían abandonado el gozo que trae consigo cuando Jesucristo hace una obra en los corazones, un cambio en las vidas. Y ese gozo que sentían, esa pasión por Dios, ese amor por la sana doctrina, ahora ya no lo sentían. Ahora el amor se había desvanecido y lo que antes era un fuego glorioso, ahora quedaba solamente las ascuas de ese fuego que un día había caracterizado las vidas de los cristianos en esa ciudad.

Esa era la situación que imperaba en la iglesia de Éfeso. Los cristianos ya no sentían ese primer amor, ya no sentían ese gozo y todo lo que hacían, lo hacían por un mero compromiso u obligación y no con un deseo de agradar al Señor. Y una vez que el gozo del primer amor se había ido, fue cada vez más y más difícil luchar contra el mundo y rehusar conformarse a las prácticas generalmente aceptadas por el espíritu de la época. El peligro que enfrentaban las iglesias del Asia Menor en ese tiempo, no era la persecución debido a su fe, sino el engaño doctrinal propagado desde dentro de la misma iglesia.

 

Esa situación fue precisamente la que el apóstol Pablo había anunciado a los ancianos de Éfeso que tendría lugar en  Hechos 20:29,30 algunos años antes. El apóstol Pablo en estos versículos se despide de los cristianos y ancianos de Éfeso y les dice con lágrimas las siguientes palabras:

 

“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño, y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”.

 

Esto que Pablo había dicho a los cristianos de Éfeso, se estaba cumpliendo en el tiempo del apóstol Juan. Exactamente tal como Pablo lo había anunciado, estaban cumpliéndose sus palabras: que “lobos rapaces entrarían en medio del rebaño” y no lo perdonarían.

 

Y no solamente serían lobos que vendrían de afuera, pero dice que de ellos mismos, de la misma congregación se levantarían hombres que hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Y esto es precisamente lo que los cristianos de Éfeso estaban experimentando en los tiempos del apóstol Juan: hombres que se decían ser cristianos, hombres de la misma congregación se encontraban enseñando nuevas doctrinas totalmente contrarias a lo que los apóstoles habían enseñado.

 

Es por eso que el ataque hacia la doctrina cristiana que Juan intenta combatir con su carta, provenía no de aquellos que se encontraban fuera de la iglesia y cuya intención era destruir al cristianismo, sino de aquellos que se encontraban dentro y que pensaban que estaban mejorando las enseñanzas de la Biblia y haciéndolas más populares y aceptables para todos los filósofos y educados de ese tiempo. Este era el problema que imperaba en el tiempo del apóstol Juan: que muchos que se decían ser seguidores de Jesucristo, estaban tratando de hacer que la doctrina cristiana fuera un poco más aceptable.

 

Decían: ‘Bueno, si la doctrina cristiana la podemos mezclar con un poco de filosofía  griega y le agregamos un poco más de filosofía de otras culturas, estamos seguros que el cristianismo será fácilmente aceptado por los intelectuales y filósofos que hay a nuestro alrededor’. Para ese tipo de maestros, el cristianismo tal y como se enseña en las Escrituras era tropiezo y tal como lo dijo el apóstol Pablo, “era locura”. El evangelio es locura para los no regenerados.

 

Pero estos maestros decían: ‘Nuestro mensaje está siendo rechazado por todos aquellos intelectuales y no está siendo aceptado. Tenemos que hacer algo. Tenemos que mejorarlo. Tenemos que darle un toque atractivo para que la gente educada e intelectual pueda aceptarlo’. Y comenzaron a mezclar enseñanzas bíblicas con filosofías griegas, con misticismo oriental, tergiversando así el mensaje del verdadero evangelio que es locura para los que no conocen a Jesucristo.

 

En su deseo y ansia para que el evangelio fuera aceptado, comenzaron ellos mismos a tergiversar el mensaje del evangelio. Ellos mismos comenzaron a atacarlo y a rebajarlo hasta casi dejarlo irreconocible. Es por eso que esa enseñanza era tan peligrosa, porque los que estaban atacando el evangelio no eran personas extrañas. No eran ateos, ni eran personas ajenas a la iglesia. Eran líderes que estaban dentro de las mismas congregaciones.

 

Esto me hace pensar que estamos viviendo en un tiempo muy similar y casi en la misma situación a la que le tocó vivir al apóstol Juan. Porque en este tiempo, el mayor peligro hacia el evangelio ya no proviene de personas ajenas a la iglesia, sino más bien, proviene de líderes cristianos con buenas intenciones. Líderes que tal vez desean ver a multitudes abrazar el evangelio, pero que al apegarse a ciertos métodos usados por ellos mismos, lamentablemente se encuentran diluyendo el mensaje del evangelio de la gracia de Dios.

 

Muchos líderes evangélicos se encuentran mezclando enseñanzas bíblicas con enseñanzas psicológicas por ejemplo. Ahora no tenemos que decirle al pecador que es pecador. Ahora lo único que debemos decirles es que ellos deben procurar tener una buena auto-estima. Que deben tener un alto concepto de sí mismos. Que el mayor problema del ser humano es que tiene un concepto muy pobre de sí mismo. Para algunos, el problema del hombre ya no es el pecado, sino su baja auto-estima. ¿Es este el mensaje del evangelio? ¡Por supuesto que no! Ese no es el mensaje del evangelio.

 

El mensaje del evangelio bíblico es que el ser humano sin Cristo es un pecador perdido que va rumbo a la condenación eterna y que si muere sin Cristo, un día estará frente al Juez del universo y deberá rendirle cuentas de su vida.  Pero al igual que algunos de nuestros líderes contemporáneos, los líderes de aquel tiempo estaban rebajando el evangelio y escondiendo las enseñanzas más difíciles de aceptar, para que el no creyente pudiera aceptarlas. Pero sin querer hacerlo, se encontraban atacando al mismo corazón del evangelio y como resultado, comenzaron a enseñar herejías como si fueran las últimas revelaciones de Dios.

 

Los propósitos y objetivos generales de la epístola que deseo abordar aquí son dos y son los siguientes.

 

1) La primera razón por la que Juan escribe su epístola es para dar seguridad a los verdaderos creyentes.

 

En el capítulo 5 versículo 13, el apóstol Juan dice:

 

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”.

 

Esta es la primera razón por la que Juan escribe su carta: para darles seguridad a los verdaderos creyentes. Y estas palabras nos hablan precisamente de que el verdadero creyente tiene seguridad en Cristo. Ahora bien, una de las cosas que inquietaban a muchos creyentes de la época del apóstol Juan, era que estaban observando que muchos de los miembros de la iglesia más intelectuales y más conocedores, habían abandonado sus respectivas iglesias y estaban iniciando ellos mismos una nueva congregación.

 

La situación era que esos ‘supuestos’ creyentes que se habían separado de la iglesia local, afirmaban que sólo ellos conocían los verdaderos secretos da la vida cristiana. Que solamente ellos conocían y poseían la verdad y nadie más. Se atrevían incluso a decir que ni aún los apóstoles conocían tanto como ellos. Que ellos eran los únicos que tenían la verdad. Que no había otros que conocieran las verdades espirituales como ellos las conocían.

 

Y como resultado de esto, muchos creyentes que permanecían en las iglesias locales se encontraban confundidos y pensaban que tal vez el evangelio que ellos habían recibido por parte del apóstol Pablo y del apóstol Juan quien todavía vivía, no era el correcto después de todo. Pensaban que tal vez ese evangelio no era el que Jesucristo había enseñado. Y existía confusión en muchos de ellos; había duda. Y Juan escribe esta carta para decirles que no tuvieran esas dudas, que no se dejaran confundir. Que ellos tenían el verdadero evangelio. Para disipar esas dudas, el apóstol Juan escribe su carta asegurándoles que ellos se encontraban en la verdad y que debían permanecer en esa verdad que habían conocido. En el capítulo 2 versículo 5, dice:

 

“Pero el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en El…Os escribo a vosotros, padres,  porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros hijitos porque habéis conocido al Padre…Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad…” (2:5, 13, 14, 20, 21…).

 

Todo lo que Juan dice en estos versículos es “sabemos, sabemos, sabemos”. Esto nos habla de seguridad. Cuando Juan escribe esta epístola, habla claramente que ellos estaban en la verdad, que Jesucristo el Hijo de Dios se había manifestado para dar a conocer al Padre “y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna”. En otras palabras, lo que el apóstol les decía con esto era que, ‘Si tienen a Cristo lo tienen todo, si no tienen a Cristo no tienen nada. No importa cuanto conocimiento digan aquellas personas que tienen, si no tienen al Hijo de Dios no tienen la vida’.

 

2) Y la segunda razón por la que Juan escribió esta carta fue para contrarrestar las enseñanzas de los falsos maestros que habían abandonado sus respectivas congregaciones.

 

El capítulo 2, versículo 19 nos dice:

 

“Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”.

 

El apóstol Juan dice en este versículo que si esos maestros habían salido de en medio de ellos, era porque realmente no pertenecían a la verdadera iglesia. Es por eso que el apóstol Juan no duda ni por un momento en decir que todos aquellos que habían salido “no eran de nosotros porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros”.

 

El error que se encontraba azotando las iglesias de ese tiempo y creando confusión entre los creyentes del primer siglo, era lo que se conoce con el nombre de gnosticismo. Era una combinación o mezcla de cristianismo con misticismo oriental y filosofía griega.

 

Los postulados del gnosticismo eran los siguientes:

 

Primero, sostenían que era el conocimiento y no la fe la única condición para la salvación y la única evidencia de comunión con Dios. En otras palabras, los gnósticos enseñaban que no había necesidad de tener fe en Jesucristo. Creían que la fe no salvaba a nadie, pues lo único que salva es el conocimiento. Entre más conocimiento tengas, más probabilidad hay que puedas ser salvo.

 

Sin embargo, ese conocimiento no se encontraba al alcance de todas las personas, sino solamente de aquellos que se habían “iniciado” en los misterios del sistema gnóstico. La enseñanza que ellos se encontraban promoviendo era una enseñanza exclusivista. Ellos decían ‘si no perteneces a nuestro grupo no hay manera que puedas conocer las profundidades de Dios. Si no perteneces a nuestro grupo, no puedes ser salvo’.

 

Los gnósticos reclutaban a las personas para que se hicieran miembros de ese sistema y creían que solamente ellos poseían la verdad y nadie más. Es por eso que el conocimiento que ellos presumían tener, era un conocimiento esotérico que los creyentes comunes no podían adquirir. Tal énfasis distorsionado del conocimiento llevaba a la arrogancia, a la falta de amor y al exclusivismo. Este tipo de enseñanza hacía del conocimiento lo máximo. Para que una persona pudiera ser admitida en su congregación debía ser “iniciada” en los misterios gnósticos. Tenía que conocer ciertos misterios, de lo contrario ellos no podrían entonces comprender las profundidades de Dios.

 

Segundo, ellos sostenían que la materia es inherentemente mala. Como resultado de ese concepto antibíblico, los gnósticos se vieron involucrados en otros dos graves errores, uno práctico y el otro teológico. Al decir que la materia era mala en sí misma, automáticamente decían que el cuerpo como es materia, es malo y pecaminoso en sí mismo.

 

Sin embargo, el apóstol Pablo había escrito que nuestro cuerpo “es templo del Espíritu Santo”. Así que, la enseñanza de los gnósticos chocaba directamente con las enseñanzas inspiradas del Espíritu Santo: que nuestro cuerpo no es malo en sí mismo porque es un templo del Espíritu Santo. Pero ellos al ver la materia como algo malo, afirmaban que el cuerpo es pecaminoso y esto creaba errores terribles tanto en la teología como en la práctica.

 

Por ejemplo, uno de los errores prácticos que cometían, tenía que ver con la naturaleza de la vida cristiana. Comenzando con la idea que el cuerpo es malo, algunos gnósticos se involucraban en la vida ascética y algunos se iban al otro extremo que los llevaba a vivir una vida inmoral y sin restricciones.

 

Cuando digo que algunos de ellos vivían una vida ascética, me refiero a que ellos se apartaban de las personas e incluso flagelaban sus cuerpos, ayunaban por muchos días intentando martirizar su carne. Eso es ascetismo. Ciertas comidas eran prohibidas lo mismo que las relaciones sexuales y no había manera que aceptaran el matrimonio como una ordenanza divina. Así que, este tipo de personas tenían esos grandes errores que, debido al concepto antibíblico de ver la materia como algo malo y pecaminoso, pensaban que entre más martirizaran su cuerpo, más cerca de Dios estarían.

 

Pero existía otro grupo gnóstico que se iba al otro extremo y se les conoce como los Antinomianos. Este grupo decía ‘el espíritu es bueno, el cuerpo como es materia es malo y como no podemos hacer nada para cambiar el cuerpo, entonces no importa lo que hagamos con el, nuestro espíritu sigue siendo puro’. Por esa razón muchos de ellos vivían en pecados terribles. Muchos de ellos vivían peor que los paganos de esa época y supuestamente decían que conocían a Dios, que conocían la verdad.

 

Por eso Juan escribió que “el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (2:6). Precisamente porque ese grupo de gnósticos decía que el pecado no les afectaba en lo absoluto sin importar qué tanto pecado cometieran. Ellos creían que el pecado solamente afectaba su cuerpo pero no su espíritu, pues el espíritu, según ellos, seguía siendo puro sin importar lo que hicieran. Debido a que el cuerpo es pecaminoso, no podían dejar de pecar y no podían evitar el pecado. Para ellos no había restricciones en cuanto al pecado. Vivían una vida sin restricciones y totalmente licenciosa, pero afirmando que estaban en la verdad y que solo ellos conocían los profundos secretos de la vida cristiana. Tal parece que Juan tenía en mente también a este último grupo de gnósticos cuando escribe su carta.

 

El otro error que ellos cometían era un error teológico. Este error tenía que ver con la doctrina bíblica, ya que si la materia es mala en sí misma, entonces Jesucristo no pudo haber sido una persona real de carne y hueso como nosotros. Los argumentos de ellos, eran que Jesucristo no podía vivir en un cuerpo humano debido a que el cuerpo es pecaminoso. Como resultado, la enseñanza bíblica de la humanidad de Cristo era seriamente distorsionada. Para ellos,  Jesucristo no fue un ser humano. Debido a que el cuerpo es materia y la materia es mala, entonces lo divino no pudo haberse mezclado con la materia.

 

Pero la Biblia nos enseña que Jesucristo es todo Dios y todo hombre. Esa es la enseñanza bíblica, aunque ellos no lo veían así. Por eso muchos de ellos decían que Jesucristo solo “parecía” humano, pero que en realidad no era un ser humano. Ahora bien, muchos pudieran preguntarse: ‘¿Y cual es el problema en decir que Jesucristo solo “parecía” un ser humano pero que en realidad no lo era? ¿En qué  afecta al mensaje del evangelio?

 

El problema es que si Jesucristo no fue verdaderamente humano, entonces no pudo morir en la cruz, y si él no murió en la cruz, entonces no pudo haber pagado el precio por nuestros pecados, y si él no pagó el precio por nuestros pecados, entonces todavía estamos sin esperanza. Es por eso que esa falsa enseñanza atacaba el mero corazón del evangelio de la gracia de Dios. ¿Cómo puede el pecador culpable ser justificado delante del Dios santo? Si Jesucristo no murió para expiar los pecados de su pueblo, entonces no existe esperanza de salvación, porque no existe otra manera de poder ser salvos sino solo a través del derramamiento de sangre. Sin derramamiento de sangre no hay perdón o remisión. Y si Jesucristo no murió en la cruz y si no derramó su sangre, entonces no hay esperanza para nosotros.

 

Ese era el verdadero problema. Ese era el problema que se creaba con la enseñanza gnóstica y era una terrible herejía. Una herejía que muchos le estaban prestando atención. Pero los gnósticos no veían cual ningún problema en esto, porque pensaban que no necesitaban la sangre de Cristo ni el sacrificio de Cristo, pues para ellos el conocimiento era lo único que los salvaba. Los gnósticos lo único que supuestamente necesitaban era el conocer las profundidades de Dios y al conocer esas profundidades, ellos serían salvos. No necesitaban a un Cristo crucificado y resucitado para ser salvos.

 

Los gnósticos distorsionaban la doctrina bíblica de la encarnación de Jesucristo por lo menos de dos maneras:

 

Primero, algunos intentaban explicar la encarnación de Cristo por medio de negar su humanidad afirmando que solamente “parecía” un ser humano. Por eso, para tales personas el cuerpo de Jesucristo era solo una apariencia, una ilusión o un espíritu en el mejor de los casos. A esta forma de gnosticismo se le conocía con el nombre de Docetismo. Se les llegó a identificar como “Docetistas” debido a que enseñaban que Jesucristo no era un ser humano, sino que solo aparentaba serlo. Pero el apóstol Juan contradice esa falsa enseñanza porque a él le constaba que Jesucristo era en verdad un ser humano pues había comido con él, lo había palpado y era tan humano como cualquiera de nosotros.

 

Segundo, otro grupo de gnósticos intentaban explicar la encarnación de Jesucristo al negar su divinidad. Esta forma de gnosticismo hacía una distinción entre Jesús el hombre y Cristo el divino. Enseñaban que Jesucristo fue un simple hombre que nació a través de la unión sexual entre José y María y que aunque se distinguía en carácter por sobre las demás personas, no obstante seguía siendo un simple hombre. A esta enseñanza se le conocía como Cerintianismo debido a que un hombre llamado Cerinto era el máximo exponente de ese tipo de herejía.

 

Se dice que en el tiempo del apóstol Juan, Cerinto vivía también en la ciudad de Éfeso y cuenta la tradición que en cierta ocasión, el apóstol Juan fue a tomar un baño en los balnearios públicos que existían en aquel tiempo, y al darse cuenta que Cerinto se encontraba dentro de ese lugar, el apóstol Juan dijo: “Vámonos de este lugar, no sea que este edificio se derrumbe y nos caiga encima, porque Cerinto el enemigo de la verdad se encuentra dentro”.

 

Esto fue registrado por Policarpo, un discípulo del apóstol Juan y no podemos saber con certeza si estos detalles son ciertos o no, pero lo que sí podemos saber con seguridad, es que Cerinto fue en realidad un enemigo de la verdad y un contemporáneo del apóstol Juan. Y esa herejía conocida como “Cerintianismo” era una de las variantes más peligrosas de la enseñanza gnóstica. Cerinto no negaba que Jesucristo fuera humano y esa era una de las razones que dicha herejía fuera más peligrosa que el Docetismo. Aunque Cerinto afirmaba que Jesucristo era humano, negaba rotundamente que fuera Dios manifestado en carne. Cerinto intentaba hacer una separación entre el Cristo divino y el Jesús humano que nació en Belén de Judea.

 

Cerinto enseñaba que una de las razones por las que Jesús hizo muchas señales y milagros, era porque cuando Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán, el Cristo divino descendió en forma de paloma y fue allí cuando comenzó a hacer milagros y maravillas por medio del Cristo divino. Pero antes de llegar a la cruz, el Cristo divino abandonó al Jesús humano y el único que murió en la cruz fue Jesús el hombre. Para Cerinto, Jesús no era Dios y hombre al mismo tiempo.

 

La realidad es que todavía vemos rasgos de dicha herejía en el Mormonismo y los Testigos de Jehová por mencionar solo dos ejemplos, cuando afirman que Jesucristo no es Dios, sino solamente un hombre o un ángel en el mejor de los casos. Este tipo de herejía se encontraba plagando las iglesias de ese tiempo y una de las razones por las que Juan habla fuertemente en contra de esa falsa enseñanza  fue porque muchos creyentes estaban siendo arrastrados por el error. El apóstol Juan preocupado por esto, escribe esta epístola con la intención de aclarar cual es el verdadero evangelio y confirmarles a sus hermanos en la fe que lo que ellos habían conocido acerca de Jesucristo, era verdad.

SOLI DEO GLORIA

 

© Daviel D’Paz. Todos los derechos reservados. Tulsa, OK.  2008

 

 

Nota: Este material es una breve adaptación del mensaje predicado en el C. C. E. el 18 de Noviembre 2007, y es para su uso personal exclusivamente y no puede ser distribuido con fines de lucro sin la debida autorización de su autor. Si usted ha sido edificado por medio de este material y desea que alguien más lo reciba, puede usted mismo distribuirlo gratuitamente o enviarnos la dirección electrónica de la persona o personas que desea que lo reciban.

 

Todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Biblia Versión Reina-Valera, Revisión 1960 (Sociedades Bíblicas Unidas).

 

Pastor Daviel D'Paz

Centro Cristiano Eben-Ezer

7216 E. Admiral Pl.

Tulsa, OK. 74115

www.reforma2.org

 

Las siguientes obras han sido de gran ayuda para la elaboración de esta serie de mensajes a través de la Primera epístola del apóstol Juan. Las obras marcadas con un asterisco (*), son las que consideramos como las mejores y que nos parecen más importantes como obras de referencia. Se han dejado en su título original en inglés debido a que la mayoría de ellas no se encuentran traducidas al español. 

 

  • *D. A. Carson & Douglas J. Moo, Introduction to the New Testament   –Second edition, (Zondervan 2005).
  • *Walter A. Elwell & Robert W. Yarbrough, Encountering the New Testament: A Historical and Theological Survey (Baker 2005).
  • Henry C. Thiessen, Introduction to the New Testament, (Hendrickson 2002).
  • William S. Deal, Baker’s Pictorial Introduction to the Bible (Baker 1967).
  • *Craig S. Keener, The IVP Background Commentary –New Testament, (IVP 1993).
  • *David W. Bercot, A Dictionary of Early Christian Beliefs, (Hendrickson 1998).
  • *F. F. Bruce, The Gospel & Epistles of John, (Eerdmans 2004).
  • *Frank E. Gaebelein, The Expositor’s Bible Commentary, Vol.12 (Zondervan 1981).
  • *Gary M. Burge, The NIV Application Commentary –Letters of John, (Zondervan 1996).
  • *Daniel L. Akin, The New American Commentary, 1,2,3 John, (Broadman & Holman Publishers 2001).
  • John F. MacArthur, The MacArthur New Testament Commentary 1-3 John, (Moody Press 2007).
  • James Montgomery Boice, The Epistles of John: An Expositional Commentary, (Baker 1979).
  • *I. Howard Marshall, The Epistles of John, NICNT=New International Commentary On The New Testament, (Eerdmans 1978).
  • *Martyn Lloyd-Jones, Life In Christ: Studies in 1 John, (Crossway 2002).
  • *W. Hall Harris III, 1,2,3 John: Comfort and Counsel for a Church in Crisis (Biblical Studies Press 2003).
  • *David Rensberger, Abingdon New Testament Commentaries 1-3 John (Abingdon Press 1997).
  • *Dale Moody Smith, 1,2,3 John, (Interpretation series), (John Knox Press 1991).
  • *Colin G. Kruse, The Letters of John, (The Pillar New Testament Commentary series), (Eerdmans 2000).
  • Raymond E. Brown, The Gospel and Epistles of John: A Concise Commentary, (The Liturgical Press 1988).
  • Robert Lightner, 1,2,3 John & Jude (Twenty-first Century biblical Commentary series), (AMG Publishers 2003).
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  • Charles F. Pfeiffer & Everett F. Harrison, The Wycliffe Bible Commentary (Moody 1990).
  • *Jamieson Fausset & Brown, Commentary on the whole Bible, (Zondervan 1961).
  • *F.F. Bruce, Gen. Editor, New International Bible Commentary, (Zondervan 1979).
  • *Walter A. Elwell edited by, Baker Commentary On The Bible, (Baker 2006).
  • *F. Davidson, The New Bible Commentary, (Eerdmans 1960).
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