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Capítulo 6

 

LA VERDADERA NATURALEZA DE LAS TENTACIONES

 

 

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”.(1:13)

 

 

“El diablo me tentó a hacerlo”.  Esta es una de las frases que he escuchado algunas veces por parte de algunas personas, (incluso por algunos de los que se dicen ser cristianos), con la cual aparentemente intentan evadir su propia responsabilidad por el pecado que han cometido. Este tipo de actitud no es nueva. Desde la caída de Adán y Eva en pecado, la naturaleza humana siempre se ha resistido a reconocer la culpa por su propio pecado. Cuando Adán fue confrontado con su pecado, le fue más fácil culpar a la mujer (Génesis 3:12) y de paso, culpar a Dios también por habérsela dado. En las palabras del propio Adán podemos inferir que si Dios no le hubiera dado esa “compañera”, entonces él no habría pecado. En lugar de reconocer su propia desobediencia, le fue más fácil encontrar culpables.

 

Y cuando Eva fue confrontada también por lo que había hecho, culpó a la serpiente por haberla “engañado” (Génesis 3:13). Ella no mostró ningún deseo por reconocer su propia culpa y solo pensó en las excusas. Esta situación se sigue repitiendo día tras día en el hogar, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, etc. A las personas les es más fácil culpar a todo el mundo por su propio pecado y desobediencia, en lugar de reconocer que ellos mismos son los verdaderos culpables. Culpan a su medio ambiente. Culpan a sus padres. Y hay algunos que se atreven a culpar hasta Dios mismo.

 

Algunas personas preguntan indignadas cuando ha quedado al descubierto su pecado: “¿Cómo esperan que sea diferente cuando hay tantas tentaciones a mi alrededor?” Hay otros que intentan excusar su conducta de la siguiente manera: “No puedo ser diferente porque he heredado los mismos genes de mi padre y él también fue un gran ladrón y mentiroso”. Pero hay otras personas mucho más atrevidas que creen que su conducta equivocada es, después de todo, culpa de Dios por permitir las tentaciones en sus vidas o por haberlos creado con una naturaleza que ama el pecado y que ellos no decidieron traer a este mundo.

 

Al parecer, esta clase de razonamiento era la que algunos cristianos del primer siglo se encontraban usando para intentar justificar su pecado. Pero Santiago rechaza totalmente esa clase de argumentos al afirmar que la tentación a pecar tiene su origen en el interior de la persona y no en el exterior. Esto explica el porqué dos personas pueden pasar frente a un bar y mientras que una no puede resistir la tentación de entrar y consumir bebidas alcohólicas, la otra persona simplemente pasa de largo como si ese bar no existiera. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre las dos personas? Obviamente no es la existencia del bar en ese lugar, sino el deseo interno que predomina en cada una de ellas.

 

¿Quiere decir entonces que lo que es tentación para una persona, no lo es para otra? Así es efectivamente. Es importante comprender que la tentación no es lo mismo que el pecado. La tentación puede muy bien ser definida como la necesidad por satisfacer de manera equivocada los deseos legítimos que nos han sido dados por un Dios bondadoso. Esto significa que nuestros deseos no son malos en sí mismos. Los deseos naturales tales como el hambre, la sed, el sueño, el sexo, etc., son deseos buenos que Dios nos ha dado para nuestro beneficio. Pero esos mismos deseos pueden ser practicados de una manera totalmente equivocada y tan fuera de la voluntad de Dios, que pueden llegar a convertirse en pasiones desordenadas y deseos desenfrenados que resulten en el juicio de Dios sobre los que las practican. 

 

Santiago deja muy en claro que cada persona es tentada debido a su propia concupiscencia y no debido a ciertos factores externos. La tentación a veces parece ser casi irresistible porque ella apela a nuestras necesidades y a nuestros propios deseos, prometiendo satisfacerlos. Pero cuando cedemos a la tentación nos damos cuenta que el resultado fue todo lo contrario a lo que tales tentaciones nos prometieron realizar. Por esa razón, las tentaciones pueden ser usadas como filosos instrumentos por parte de Satanás para nuestra propia destrucción, pero ellas son engendradas y alimentadas por nuestra propia naturaleza caída. 

 

Por lo tanto, Santiago nos dice que si deseamos salir victoriosos de los mortales ataques de las tentaciones, debemos entender por lo menos cuatro aspectos básicos de la naturaleza de dichas tentaciones y cual es la clave para poder vencerlas. Estaremos examinando el primer aspecto en este capítulo y en los próximos dos capítulos estaremos abordando los otros  tres aspectos.

  

       1.  La inevitabilidad de las tentaciones

 

Cuando alguno es tentado…” (v.13a)

 

Una vez más, Santiago usa la misma frase que usó en el v. 2 que dice: Cuando os halléis en diversas pruebas”. Aquí también, él nos dice Cuando alguno es tentado” dando por sentado que las tentaciones al igual que las pruebas, vendrán a nuestra vida tarde o temprano. Hay un dicho muy popular entre las personas de habla inglesa que dice que hay dos cosas seguras e inevitables en esta vida y ellas son “la muerte y los impuestos”. Pero tal parece que Santiago ve una tercera opción la cual es también inevitable: las tentaciones.

 

Es evidente que algunas pruebas pueden convertirse en tentaciones, pero también es evidente que no todas las pruebas terminan convirtiéndose en tentaciones. Y este parecía ser el dilema en el que se encontraban algunos cristianos en el primer siglo: ¿Cómo entender o cómo poder reconciliar las pruebas y las tentaciones con los planes que Dios tiene para el crecimiento y madurez del creyente? La lógica les decía que si Dios en su providencia controla todas las cosas y que nada sucede sin su voluntad, entonces las tentaciones son permitidas o tal vez hasta enviadas también por Dios al igual que las pruebas. Y cuando el creyente cedía ante la tentación, su reacción era excusarse argumentando que Dios había permitido o enviado dicha prueba o tentación y no había nada que él o ella hubieran podido hacer para poder evitarla o vencerla. Tal parece que esta forma de pensar fue lo que llevó a Santiago a escribir las palabras del versículo 13.

 

Algunos comentaristas han intentado explicar las palabras de Santiago creyendo que las pruebas y las tentaciones son lo mismo, y que es nuestra propia reacción ante las pruebas lo que determina si ellas son pruebas o son tentaciones. John MacArthur parece sostener esta postura, pues nos dice que “La misma palabra (en forma nominal o verbal) se emplea para ambas ideas [pruebas y tentaciones] porque la diferencia principal no está en el peirasmos mismo, sino en la respuesta de una persona a él. Si un creyente responde con fiel obediencia a la Palabra de Dios, soporta debidamente una prueba; si sucumbe ante ella en la carne, dudando de Dios y desobedeciendo, se siente tentado a pecar. Una respuesta correcta conduce a una firme posición espiritual, a justicia, sabiduría y a otras bendiciones (vs.2-12). Una respuesta incorrecta conduce al pecado y a la muerte (v.15)”.1

 

No estoy de acuerdo del todo con esta interpretación de MacArthur por varias razones. La más importante de ellas es que Santiago parece hacer una clara diferencia entre pruebas y tentaciones. Aunque él usa la misma palabra griega para ambas ideas, [peirasmos] aun así, el sentido y la estructura misma del texto requieren que interpretemos las pruebas de las que nos habla Santiago, como algo distinto de las tentaciones. Además, la Biblia claramente nos enseña que Dios a veces prueba nuestra propia fe tal como lo hizo con Abraham, pero Él nunca nos tienta para que pequemos. Si seguimos la lógica usada por MacArthur en esta frase, terminaríamos creyendo que si Abraham no hubiera pasado la prueba de fe llevada a cabo por Dios mismo, entonces Abraham hubiera pecado debido a que tal prueba fallida se habría convertido en una tentación a pecar. Pero las evidencias muestran que aún si Abraham no hubiera pasado la prueba de fe a la que fue sometido, no necesariamente ese fracaso lo hubiera conducido al pecado y a la muerte.  

 

Douglas J. Moo cree que sí existe una diferencia entre las pruebas y las tentaciones: “Aunque Dios puede probar a sus siervos para poder fortalecerles su fe, Él nunca les induce al pecado para destruir su fe. Así, a pesar de que la misma raíz griega de la palabra (peira) es usada para ambas: la prueba del exterior y la tentación del interior, es crucial el poder distinguirlas”.2  

 

El hacer una correcta distinción entre las pruebas y las tentaciones es de suma importancia para poder comprender cual es el propósito de cada una de ellas cuando llegan a nuestra vida. Las pruebas vienen para ayudarnos a crecer y madurar, pero las tentaciones nos llegan con la intención de destruirnos. Las pruebas pueden tener su origen en Dios, pero las tentaciones siempre tienen su origen en nuestra naturaleza pecaminosa.

 

Derek Tidball concuerda en que el no comprender la diferencia que hay entre las pruebas y las tentaciones, puede conducir a algunas personas a culpar a Dios por ellas: “El error reside en confundir las tentaciones con las pruebas y culpar a Dios por ambas. Pero existe todo un mundo de diferencia entre ellas. La tentación es puesta frente a nosotros por alguien que espera que fallemos y caigamos en ella. La prueba es puesta frente a nosotros por alguien que espera que seamos victoriosos y crezcamos por medio de ella. Las pruebas y el sufrimiento juegan un papel positivo en  la vida cristiana, pero la tentación uno negativo. Sus lectores no bebían confundir las dos. Para ayudarles a entender esto, Santiago aborda un error que debe ser rechazado, seguido por una verdad que debe ser aceptada”.3

 

Warren Wiersbe también aboga por una postura similar: “¿Cuál es la relación entre las pruebas desde afuera y las tentaciones desde adentro? Simplemente esto: si no somos cuidadosos, las pruebas desde el exterior pueden convertirse en tentaciones en el interior. Cuando nuestras circunstancias son difíciles, es muy posible quejarnos contra Dios, cuestionar su amor y resistir su voluntad”.4 

 

Es interesante el notar que Santiago no intenta darnos una explicación satisfactoria de la relación que existe entre las pruebas y las tentaciones cuando vienen a nuestra vida y la manera en la que ellas encajan en el plan general de Dios. Él solo se limita a exhortarnos a que no alberguemos esa clase de pensamientos que culpen a Dios por el pecado que el creyente comete cuando cede ante la tentación.

 

Bruce Barton hace el siguiente comentario: “Las pruebas y las tentaciones siempre nos presentan con ciertas opciones. Dios desea que hagamos las decisiones correctas, pero no las equivocadas. Las dificultades pueden producir madurez espiritual y conducirnos a beneficios eternos si ellas son soportadas en fe. Pero las pruebas también pueden hacernos fallar. Podemos ceder a la tentación. Y cuando fallamos, a menudo usamos todo tipo de excusas y razones para nuestras acciones. La excusa más peligrosa de todas, es el culpar a Dios por nuestras tentaciones”.5  

 

Y esto era precisamente lo que le preocupaba a Santiago: que los creyentes no supieran diferenciar entre las pruebas y las tentaciones llegando incluso a culpar a Dios por estas últimas.  En vez de reconocer cual es el origen de las tentaciones, muchos creyentes pudieran culpar a Dios directa o indirectamente al pensar que fue Dios quien permitió tales tentaciones para que ellos pecaran. Por eso, Santiago deja muy bien establecida la siguiente verdad:

 

“…no diga que es tentado de parte de Dios…” (13b)

 

Santiago usa aquí un estilo literario muy común en aquel tiempo conocido como “lenguaje de diatriba”, el cual ponía palabras en la boca de un detractor imaginario.6  Al hacerlo, Santiago contradice a ese detractor imaginario enfatizando de manera especial uno de los principales atributos de Dios: su santidad, y también, dándonos dos importantes razones del porqué es imposible que Dios incite al ser humano al pecado. Aunque Dios prueba la fe del creyente tal como lo hizo con Abraham (Génesis 22), y con el pueblo de Israel (Jueces 2:22),  él nunca nos tienta para que pequemos.

 

Kent Hughes describe la experiencia que él tuvo al encontrarse con una persona que llegó a culpar a Dios por su propio pecado: “Una joven vino a Cristo de una forma maravillosa. Su conversión se debió en parte, desde una perspectiva humana, a una situación muy difícil en su matrimonio, llegando a estar muy conciente de su necesidad espiritual. Después de haber conocido a Jesucristo, su vida tomó un rumbo muy optimista. Verdaderamente ella era ahora una nueva persona. Tristemente, su problemático esposo no experimentó ningún cambio tal como ella lo había deseado. Después de un año de matrimonio decepcionante, ella comenzó a buscar ayuda por medio de un consejero. En lugar de recibir ayuda, ella se convirtió en la víctima de un engañador profesional. Él comenzó con una simpatía extravagante hacia ella, con halagos acerca de su belleza y atracción (aparentemente para restaurar su dañado ego), después vinieron comentarios sugestivos muy sutiles. Para la próxima entrevista, ella se vistió y perfumó con la palpitante emoción de una primera cita amorosa. Ella había sido seducida y después siguió la historia inevitable de las relaciones y de un daño mucho mayor a su frágil auto estima.

 

“Cuando ella vino a vernos a mi esposa y a mi, ella era una persona arruinada hirviendo de ira y de amargura. Por supuesto que ella había sido víctima de un hombre inescrupuloso vestido con piel de oveja, pero también había sido víctima de su propio ego. Pero sorprendentemente no fue a él o a ella misma a quien culpó ultimadamente por su pecado. Más bien, con sus dientes apretados dijo lo siguiente: ‘le pedí a Dios que me guiara a la persona correcta y Él me guió hasta ese hombre. ¡Es culpa de Dios! ¡El es el responsable por lo que sucedió!’”.7

 

Contrario a lo que esa mujer creía, Santiago nos dice que “Dios no tienta a nadie” ni tampoco nos induce a pecar. George H. Guthrie explica la diferencia que existe entre las pruebas que Dios usa para nuestro bien y las tentaciones a pecar que no tienen su origen en Él: “Las pruebas que Dios usa no tienen nada que ver con la tentación a pecar. De hecho, el contenido del pensamiento en este pasaje, es que Dios no tiene absolutamente nada que ver con el mal; ni tampoco experimenta Él su atractivo, como tampoco es el promotor del mismo. Por consiguiente, nuestras tentaciones no proceden de Él”.8

 

 

“…porque Dios no puede ser tentado por el mal…” (13c)

 

Aunque existen diversas interpretaciones y diferencias entre los intérpretes mismos respecto a lo que esto significa, Edmon Hiebert dice lo siguiente respecto al significado de esta frase: No puede ser tentado” traduce el adjetivo verbal apeirastos, el cual no se encuentra en ninguna otra parte del Nuevo Testamento ni en la Septuaginta. Moffat sugiere que Santiago fue quien acuñó esta palabra. Este adjetivo negativo se deriva del verbo peirazo que significa ‘tentar’ el cual es usado tres veces tan solo en este versículo. Tales adjetivos verbales pueden muy bien ser activos o pasivos en significado. En el modo activo significaría “no tienta al mal”, mientras que en el modo pasivo significaría “no es tentado por el mal”. El contexto aquí requiere el modo pasivo, pues el modo activo haría de la frase una total repetición”.9

 

 

Sophie Laws concluye su exposición del versículo 13 dando su punto de vista al respecto de la siguiente manera: “Lo que debe ser comprendido es que la tentación es un impulso a pecar, y debido a que Dios no es susceptible a ninguna clase de deseo por el mal, él no puede ser visto como deseando que ese pecado sea traído al ser humano”.10

 

Aunque es cierto que la existencia del pecado y del mal en este mundo generan una tensión conocida en los círculos teológicos como Teodicea muy difícil de reconciliar satisfactoriamente con la bondad y el amor de Dios, en la Biblia encontramos las dos siguientes verdades claramente expuestas: 1) Dios es soberano y absolutamente nada puede suceder, si Él no lo desea o lo permite.  2) De ninguna manera Dios es el autor del pecado, aunque Él lo permita por razones para nosotros desconocidas.

 

Thomas Manton intentó explicar esta tensión de la siguiente manera: “Dios no puede ser visto como el autor directo del pecado. En su providencia Él sabe y conoce el pecado pero sin pecar, así como un rayo de sol ilumina un montón de excremento sin ser manchado por este”. Y continúa diciendo “Los decretos de Dios implican que el pecado va a existir, pero esos decretos no son la causa del pecado. Dios nos da la libertad para hacer según los deseos de nuestro corazón y de nuestra propia voluntad. Si la gracia fuera una deuda, entonces sería injusto por parte de Dios el negarla, pero Dios es libre y puede hacer con lo que es de Él como le plazca”.11

 

“…ni él tienta a nadie”. (13d)

 

Dios no tienta a nadie al pecado debido a que él es absolutamente santo y no tiene debilidades de ninguna clase que lo hagan susceptible al pecado. James B. Adamson explica esta frase concluyendo que “El tentar a otros al mal requiere un deleite en el mal, del cual, él mismo es incapaz”.12 

 

John Phillips expresa el mismo pensamiento de la siguiente manera: “Dios ve el pecado de manera totalmente repulsiva en todas sus formas, y todo su Ser se enciende en contra de el. Sin embargo, nosotros vemos atractivo el pecado debido a que tenemos una naturaleza caída. La naturaleza de Dios es absolutamente buena y activa. Un copo de nieve tiene más posibilidad de sobrevivir al acercarse al sol, que Satanás si se acercara a Dios mismo para tentarle. Nosotros nos reímos y hacemos bromas respecto al pecado, pero para Dios el pecado no es algo divertido ni entretenido”.13

 

Ralph P. Martin también nos dice: “¿Cuál es entonces el objetivo al afirmar que Dios no nos tienta? No es el corolario que dice que “ustedes se tientan a sí mismos” tal como lo propone Davids (83), porque eso es negado en las palabras de 1:2, en donde los cristianos habían caído (peripipto) en diversas pruebas. En lugar de ello, la fuerza de la afirmación debe ser: Dios no es el propiciador de las situaciones como las que sus lectores se encontraban experimentando y que las interpretaban como una señal del mal, es decir, cuando ellos afirmaban que Dios los había olvidado en esas malas experiencias. No podían evitar encontrarse en medio de los días malos; se les recuerda que la manera en la que ellos manejan sus problemas no debería negar la providencia de Dios, ya que Él no es el autor de su miseria ni tampoco los abandona en ella”.14

 

 

Concluimos este capítulo con una cita de Juan Calvino quien expresó de manera precisa cual es el verdadero origen de las tentaciones: “Por consiguiente, ni el pecado tiene su origen en Dios, como tampoco Él debe ser culpado por este como si Dios se deleitara en lo malo. Concluimos que es una vana maniobra del ser humano el intentar culpar a Dios por sus pecados, pues cualquier clase de mal tiene su origen en ninguna otra fuente más que en los perversos deseos de la persona misma”.15 

 

 

Notas:

 

1John F. MacArthur op. cit. p.55, énfasis agregado

 

2Douglas J. Moo, The Letter Of James: The Pillar New Testament Commentary, p.73, énfasis agregado (Eerdmans, 2000)

 

3Derek Tidball, op. cit.  p. 28, énfasis agregado

 

4Warren W. Wiersbe, op. cit. p.35 énfasis agregado

 

5Bruce B. Barton op. cit. p. 22, énfasis agregado

 

6Christopher W. Morgan & B. Dale Ellenburg, James: Wisdom for the Community p.62, (Christian Focus, 2008)

 

7R. Kent Hughes, James: Faith That Works, p.43, 44, (Crossway, 1991)

 

8George H. Guthrie, op. cit. p.222

 

9D. Edmond Hiebert, James, Rev. Ed. p. 91 (BMH Books, 1992)

 

10Sophie Laws, The Epistle of James, p. 71, (Hendrickson, 1980)

 

11Thomas Manton, op. cit. p.58

 

12James B. Adamson, The Epistle of James, p.70, (Eerdmans 1976)

 

13John Phillips, op. cit. p.44

 

14Ralph P. Martin, James: Word Biblical Commentary, p.35, (Thomas Nelson, 1988)

 

15John Calvin, op. cit. p.268

 

 

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