Serie: “Hacia la Madurez Espiritual”
Tema: “Introducción a la epístola de Santiago”
Santiago 1:1
Por: Daviel D’Paz
Domingo 13 de Julio del 2008
Mensaje # 1
“Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud” (Santiago 1:1).
A manera de introducción, quiero decirles que muchos líderes de renombre entre ellos incluido Martín Lutero, han visto en esta epístola de Santiago una gran contradicción entre lo que el apóstol Pablo enseñó y lo que Santiago nos dice en esta epístola. El apóstol Pablo claramente nos enseña en sus escritos sobre la justificación por la fe “sin las obras de la ley”, pero Santiago escribe que para poder ser justificados son necesarias las obras y que una persona no puede ser justificada si no tiene obras. ¿Cómo podemos reconciliar esta aparente contradicción?
Cuando estudiamos la epístola de Santiago de manera cuidadosa examinándola versículo por versículo, nos damos cuenta que no existe cual ninguna contradicción entre el apóstol Pablo y lo que Santiago escribió. Las razones son las siguientes:
1) El apóstol Pablo escribió sobre la justificación por la fe sola que tiene lugar entre Dios y el pecador solamente. En otras palabras, cuando una persona se arrepiente y confía en Cristo puede hacerlo en privado y en secreto, cuando nadie lo ve y cuando nadie lo escucha. Puede hacerlo cuando está en su casa, acostado en su cama, aunque se encuentre haciendo cualquier otra cosa puede clamar al Señor y experimentar el perdón de sus pecados y ser salvo. Esto ocurre entre Dios y la persona solamente y es lo que el apóstol Pablo enfatiza en sus escritos: que la justificación es por la fe solamente en la obra consumada de Cristo en la cruz del calvario.
2) Santiago nos habla del aspecto visible, del aspecto humano que nosotros podemos ver. ¿Qué significa esto? Significa que una persona que dice haber sido perdonada de su pecados y justificada por la fe en Cristo Jesús, tiene que mostrar evidencias de esa fe que dice tener. Si no hay evidencias quiere decir que no ha habido una verdadera fe salvadora. Significa que tal fe no es genuina porque no se demuestra por medio de las obras. Ese es el aspecto que Santiago enfatiza en su epístola. Por lo tanto no existe cual ninguna contradicción entre Pablo y Santiago.
Además, la epístola de Santiago fue escrita mucho antes que Pablo escribiera su primera epístola. Se cree que la epístola de Santiago fue escrita entre los años 45 y 48, por lo tanto el apóstol Pablo todavía no había escrito ninguna de sus epístolas. Así que, Santiago había escrito mucho antes que Pablo estas palabras sobre la necesidad de las obras como la evidencia de la verdadera fe. Cuando Pablo escribió respecto a que el pecador es justificado solo por la fe no contradijo a Santiago en ningún momento, pues Santiago enfatiza la clase de fe que nosotros podemos ver y que es demostrada por medio de las obras, mientras que Pablo habla de la fe que es invisible al ojo humano. Por esa razón, es necesario estudiar esta epístola de Santiago detenidamente y con un espíritu dispuesto a comprender lo que la Palabra del Señor nos muestra.
Hay una pregunta que sería bueno intentar contestar y es la siguiente: ¿Cuál es el problema principal de la mayoría de las iglesias evangélicas de la actualidad? Hemos escuchado esta pregunta en diferentes lugares y por distintas personas. Nos damos cuenta que algo está mal en las iglesias evangélicas, pero muchas veces no podemos saber con exactitud cual es el problema y las respuestas que se dan son variadas. Por eso, la pregunta todavía sigue en pie: ¿Cuál es el problema que se encuentra azotando a la mayoría de las iglesias evangélicas de la actualidad? Puede ser que alguien diga que el problema principal es la falta de un conocimiento de la sana doctrina. Que las iglesias en general y los cristianos en particular no conocen la sana doctrina y que en su mayoría son ignorantes de la sana doctrina. Y hasta cierto punto, esto puede ser verdad.
Pero personalmente puedo ver algo distinto, algo mucho más profundo que llega hasta la misma raíz del problema. Y creo que la raíz del problema es que existe una falta de madurez en los que se dicen ser creyentes. No hay la suficiente madurez en el creyente promedio de la actualidad. La madurez es importante y necesaria porque cuando tenemos madurez podemos aceptar la sana doctrina sin ningún problema. Pero cuando hay inmadurez no solamente no aceptamos la sana doctrina, sino que además nos conducimos de manera contraria a los mandamientos de la Palabra de Dios. Un creyente que es inmaduro actúa demasiadas veces como si no fuera cristiano. Y ese es un grave problema. Los creyentes a los que Santiago escribió esta epístola se encontraban actuando de esa manera. Muchas veces actuaban como si ni siquiera fueran creyentes o como si ni siquiera conocieran al Señor. Actuaban de manera totalmente inmadura y esto se reflejaba en su conducta y en la manera en la que ellos vivían día tras día.
Un creyente inmaduro no vive su vida de manera consistente. Así que Santiago enfatiza la importancia de la madurez espiritual, porque cuando existe madurez no solamente nos conducimos como a Dios le agrada, sino que también nos preocupamos por conocer la sana doctrina y por comprender lo que la Palabra de Dios nos dice de la mejor manera posible. Ahora bien, en ese tiempo existían algunos creyentes cuya fe era genuina, el problema era que muchos no habían crecido y seguían siendo unos niños espirituales. Y esta inmadurez espiritual era la causa para que muchos de ellos se comportaran como si no fueran creyentes en Jesucristo. Y esto es uno de los principales problemas de la actualidad. Hay muchos creyentes que han sido perdonados, pero no han crecido ni madurado lo suficiente y se encuentran espiritualmente inmaduros actuando muchas veces como si no fueran cristianos. Y Santiago en esta epístola habla sobre la necesidad de la madurez espiritual.
Un escritor contemporáneo llamado Bruce Barton escribió lo siguiente: “El problema al que se enfrentó Santiago en el primer siglo es el mismo problema que prevalece en la actualidad. Las iglesias se encuentran llenas de personas que afirman ser seguidores de Jesucristo. Desafortunadamente las afirmaciones de muchos de esos seguidores profesantes, son vacías debido a que su fe es superficial, sus vidas contradicen su profesión a través de ciertas acciones específicas y actitudes anticristianas o por lo que ellos fallan en hacer. Y considere los incontables números de personas que profesan el nombre de Jesucristo, del cristianismo y de la iglesia para ganancia personal. Por ejemplo, los políticos que quieren los votos, los vendedores que desean contactos, los negociantes que desean clientes y aun los predicadores que desean el dinero. Todos ellos tienen un cristianismo de conveniencia. De acuerdo con algunas estadísticas, la mayoría de los estadounidenses afirman ser cristianos, muchos de ellos de la variedad “nacidos de nuevo”, pero estos mismos estadistas han hallado que la mayoría de esas personas que profesan ser cristianas se encuentran bíblicamente ignorantes. Y considerando las vastas necesidades sociales en el país tales como la pobreza, las personas sin hogar, los embarazos de adolescentes, la drogadicción, el racismo, el abuso de niños, los divorcios, etc., sería muy justo el preguntar ¿Por qué existen estos problemas si tantos norteamericanos son cristianos? ¿Por qué no hacen una diferencia por Cristo todos esos “cristianos”? Santiago respondería a esto, que no todos los que afirman tener fe en Jesucristo realmente la tienen. Algunos son seguidores solo de nombre”.
Esta es la triste situación en la que se encuentra este país. Un país que se dice ser en su mayoría cristiano, pero que de cristiano solo tiene el nombre, pues las evidencias reflejan que es uno de los países más paganos del mundo. Un país tan pagano como cualquier otro que esté en el África, la India, o en el Medio Oriente y cuya religión no es el cristianismo, sino el Budismo, el Hinduismo o el Islamismo. El problema es que muchos de los que se dicen ser cristianos no toman en serio el cristianismo. No han tomado en serio lo que significa la vida cristiana. Y la mayoría de ellos pueden decir que son cristianos pero con sus hechos negar que verdaderamente lo sean.
Santiago les dice literalmente a estas personas: “Mira, no importa tanto lo que digas como lo que hagas. No importa tanto lo que digas que eres, como lo que en realidad vives”. Este es en esencia el mensaje de Santiago: “Si dices que eres cristiano y no te conduces como cristiano, la realidad es que no eres cristiano. Es mejor que digas que no eres cristiano y no que digas que lo eres cuando tus hechos demuestran todo lo contrario”. Personalmente yo prefiero que muchos de los que están en las iglesias sean sinceros y reconozcan que no son cristianos y que mejor digan que son solo simpatizantes del evangelio, que les gusta oír del evangelio, a que digan que son cristianos y anden dando mal testimonio por todos lados.
Por eso el cristianismo en este país está por los suelos, debido a todos aquellos que se dicen ser cristianos pero no viven como cristianos. Tenemos una crisis en la actualidad en las iglesias cristianas, porque hay muchas personas en las iglesias que creen que son cristianos cuando no lo son. Y el resultado es que se están engañando a sí mismos. Santiago nos dice que no nos engañemos. Nos dice que debemos ver las evidencias que muestran nuestra vida. Que debemos examinarnos y ver si lo que decimos concuerda con lo que hacemos. Nos dice que nuestros hechos hablan mucho más que nuestras palabras.
Santiago nos dice cómo podemos darnos cuenta si nuestra fe es verdadera y si es o no genuina. Nos dice cómo podemos saber si nuestra fe es verdadera o si es una fe parecida a la de los demonios: que creen en Dios y tiemblan pero que no le obedecen. Y hay muchas personas hoy día que tienen esa misma clase de fe. Una fe puramente intelectual que dice que creen en Cristo, pero no se someten a él y tampoco obedecen Su Palabra. Esa clase de fe no sirve. Es espuria. Es inservible y finalmente va a conducir a la persona al infierno. Eso es lo que la Palabra de Dios dice. Tal vez se puede escuchar fuerte, pero es la verdad. La fe verdadera por el contrario, es una fe que obra y que actúa, es una fe que demuestra que ha existido un cambio en nuestra vida. Esa fe es una fe totalmente distinta a la fe que es puramente intelectual.
Deseo enfocarme en este mensaje en dos aspectos que podemos ver en el primer versículo que habla sobre la introducción de esta epístola y son los siguientes: 1) ¿Quién fue el autor de esta epístola? 2) ¿Cuál fue el carácter del escritor de esta epístola?
En el versículo 1 leemos que Santiago se identifica solamente como un “siervo de Dios”. ¿Quién fue este Santiago? ¿Quién fue ese personaje que escribió esta epístola? En el Nuevo Testamento encontramos por lo menos tres Santiagos o Jacobo y quiero mencionarlos para poder tener una idea de quien fue el autor de esta carta. El primer Jacobo lo encontramos en Mateo 4:17-22 y donde leemos lo siguiente:
“Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron”.
Aquí encontramos a un Jacobo o Santiago que es lo mismo. El nombre Jacobo y Santiago son sinónimos. Este Jacobo era el hijo de Zebedeo y era hermano de Juan. Muchos creen que este Jacobo fue el autor de esta epístola, pero otros creen que este Jacobo no pudo haberla escrito. ¿Cuál es la razón? Por la razón que este Jacobo fue asesinado muy temprano. Encontramos en el libro de los Hechos que este Jacobo fue muerto a espada en los primeros años de la iglesia cristiana. Así que, este Jacobo queda descartado como el posible autor de la epístola de Santiago.
Pero también encontramos a otro Jacobo que era hijo de Alfeo quien también fue un discípulo del Señor Jesucristo. En Mateo 10:2,3 dice lo siguiente:
“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo”.
Este Jacobo o Santiago era hijo de Alfeo tampoco pudo ser el autor de esta epístola debido a que muchos creen que no es un discípulo muy destacado en las páginas del Nuevo Testamento. Pero hay un tercer Jacobo y ese fue el medio hermano del Señor Jesucristo. En Gálatas 1:18,19 encontramos lo siguiente:
“Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor”.
Aquí Pablo menciona a un tercer Jacobo y lo llama “el hermano del Señor”. De todos los Jacobos mencionados en el Nuevo Testamento este Jacobo es el posible candidato para ser el autor de esta epístola. ¿Cuál es la razón? Porque en esta epístola existen muchas evidencias que relacionan a este Santiago con las enseñanzas de Cristo. Este Santiago aunque no creía en Jesucristo al principio de su ministerio, llegó a creer en él y a ser una pieza importante en la iglesia primitiva. La Palabra de Dios dice que los hermanos del Señor no creían en él y entre ellos se encontraba este Jacobo. En Mateo 13:54-56 encontramos quienes eran los medios hermanos de Jesucristo:
“Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?”
Aparentemente Jesucristo también tenía medias hermanas aunque el Nuevo Testamento no nos dice cuales eran sus nombres. Podemos afirmar que Cristo creció en medio de una gran familia, por lo menos tuvo 6 medios hermanos 4 hermanos y 2 hermanas. Aunque no sabemos el nombre de sus hermanas, lo que sí sabemos es que ellos no creían en él. No creían que Jesús fuera el Mesías prometido. En Juan 7:1-5 leemos lo siguiente:
“Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle. Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos; y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Porque ni aun sus hermanos creían en él”.
Ni aun sus medios hermanos creían que el era el Cristo. Aunque la Iglesia Católica Romana intentando encontrar apoyo para su dogma antibíblico de la perpetua virginidad de María ha sostenido que Cristo no tuvo hermanos y que María fue siempre virgen, aún en contra de las claras enseñanzas de la Biblia. Por esa razón, han insertado en este versículo la frase “primos hermanos” para justificar su creencia en dicha enseñanza. Pero la palabra griega es “adelphos” y significa simplemente “hermanos” ya sea en la carne o en el espíritu.
Sus mismos hermanos no creían en él. Habían crecido con él. Lo habían visto desde que era un niño. Tenían confianza familiar con él. Habían jugado con él. Por lo tanto, les era muy difícil creer que ese niño fuera el Mesías prometido. Humanamente hablando es muy difícil creer en alguien que conocemos. Pero algo debió haber sucedido con Jacobo porque en Hechos 1:13,14 encontramos no solamente a Jacobo, sino también a todos sus hermanos orando en el aposento alto:
“Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”.
Aquí vemos no solamente a los discípulos de Cristo, sino también a su madre Maria junto a sus medios hermanos perseverando unánimes en oración y ruego. Algo debió haberles sucedido. Ahora ya no eran aquellos incrédulos que se burlaban de su propio medio hermano, ahora ya no eran aquellas personas que no creían en él y que decían: “Hey, tu “milagrero”, vete a Jerusalén para que les hagas uno de esos trucos mágicos que tu sabes hacer, para ver si creen en ti”. Ellos se burlaban de su propio medio hermano. No creían en él. Creían que estaba loco, que estaba fuera de sí.
Pero cuando Jesucristo resucita de los muertos, entonces las cosas cambian. En 1 Corintios 15:3-8 leemos lo siguiente:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí”.
El apóstol Pablo dice en el versículo 7 que después Cristo también se le apareció a Jacobo su propio medio hermano. Y eso fue lo que hizo que Jacobo se convirtiera en un seguidor de Jesucristo y lo viera como lo que realmente es: el Rey de reyes y Señor de señores. Jacobo tuvo una genuina conversión y hubo un cambio en él cuando vio que Jesús había resucitado de entre los muertos. Este hombre Jacobo quien era un incrédulo y que no creía en Cristo, posteriormente se convirtió en un elemento clave en la iglesia de los primeros días. Tal vez este Jacobo quien fue un medio hermano del Señor, fue el que se encargó de testificarles a sus otros hermanos y también a sus hermanas. Ahora sí sabía realmente quien era Jesús. Lo había visto resucitado de los muertos. Lo había visto con sus propios ojos. Y tal vez el testimonio de Jacobo fue clave para que sus otros hermanos y hermanas creyeran también en Cristo.
Por eso los encontramos en el aposento alto orándole al Señor Jesús junto a su propia madre, orando y suplicando a Jesucristo. A este mismo Jacobo lo vemos posteriormente como un líder clave en la iglesia primitiva. Pablo nos dice en Gálatas 2:9,12 lo siguiente:
“y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión… Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión”.
La actitud de Pedro aunque fue reprobable, puede ser abordada en otro mensaje. Solamente quiero mencionar aquí que el apóstol Pablo menciona a Jacobo como una de las “columnas” de la iglesia cristiana. La historia dice que este Jacobo o Santiago fue pastor en la iglesia de Jerusalén y que como pastor amaba al rebaño de tal manera que escribe esta epístola que lleva su nombre para exhortar a todos aquellos creyentes que habían conocido a Jesucristo por medio de la predicación del evangelio, para que fueran consistentes con la fe que ellos profesaban tener. Que demostraran su fe por medio de sus obras para que por medio de sus obras ellos dejaran bien en claro que su fe era verdadera.
No encontramos mucha información biográfica en el Nuevo Testamento sobre este Santiago, pero hubo un historiador de los primeros siglos llamado Hegesipo quien escribió alrededor de los años 175 y 189 y escribió acerca de Santiago de una manera muy elocuente como “un hombre de oración”. El dice que Santiago “vivía una vida santa absteniéndose de tomar vino o bebidas fuertes”. También dice que Santiago “pasaba tanto tiempo en oración que sus rodillas estaban tan encallecidas como las rodillas de los camellos”.
Esto no lo encontramos en la Biblia pero tal vez puede ser cierto. No debe extrañarnos que un hombre como él pasara tanto tiempo en oración, que ya sus rodillas estuvieran tan encallecidas como las rodillas de los camellos. También hubo otro historiador que se llamó Flavio Josefo que vivió en el primer siglo. El escribió algo interesante acerca de este Santiago diciendo: “Santiago fue traído a juicio debido a la instigación del sumo sacerdote Ananías durante un tiempo cuando no había gobernador romano. Se le acusaba de quebrantar la ley. Fue apedreado hasta morir en el año 62 d.C.”
Un hombre que sostenía en alto la Ley del Antiguo Testamento fue apedreado por los mismos sacerdotes, porque según ellos, era culpable de quebrantar la ley. Esto nos dice que una vez que nos identificamos con Jesucristo, no importa cuan bien les querramos caer a las personas, nunca les caeremos bien. Nunca les caeremos bien a los incrédulos, porque el simple hecho de que seamos cristianos ya es una terrible ofensa hacia ellos. El simple hecho de identificarnos con Jesucristo ya es una terrible ofensa para ellos. Nunca podremos ser famosos o populares a la vista del mundo. Siempre vamos a ser menospreciados. Siempre seremos objetos de burlas y escarnios simple y sencillamente porque somos cristianos. Este hombre fue martirizado por su fe en Cristo. Pero la carta que él nos dejó es y ha sido un tesoro invaluable para los cristianos a través de todos los siglos.
Me llama la atención como Santiago habla de sí mismo: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo”. ¡Que manera de presentarse a sí mismo! ¿Acaso no hubiera sido mejor el haber escrito algo así como: “Santiago, siervo de Dios y medio hermano del Señor Jesucristo?”. Pero a Santiago no le importaba la fama. No le importaba el parentesco carnal con Jesucristo, porque para él lo espiritual era lo más importante y él sabía que de nada le serviría haber sido medio hermano con Jesucristo en la carne si no conocía a Jesucristo espiritualmente. Por eso se refiere a sí mismo como simplemente un siervo de Dios y del Señor Jesucristo. La palabra griega traducida como siervo es una palabra que literalmente significa “esclavo” (doulos). Y Santiago se identifica a sí mismo como un esclavo. Un esclavo que no tenía derecho a nada. Así debemos actuar nosotros también: seguir el ejemplo de Santiago. Identificarnos simplemente como siervos de Cristo.
Hoy en día existe una costumbre muy popular entre varias denominaciones, especialmente entre los Bautistas, y es la costumbre de usar un título para referirse al pastor y es el titulo de “Reverendo”. No me gusta nada esta palabra. Y no me gusta debido a que es una palabra que fomenta el orgullo. Somos solo siervos. No somos “reverendos”, solo somos siervos, solo somos esclavos. Hubiera sido muy fácil para Santiago el haber escrito: “Santiago, el Reverendo llamado por Jesucristo”. Pero no fue así. Santiago usa una palabra que significa literalmente esclavo. Este ejemplo es muy importante porque podemos también nosotros entender que ahora en Cristo lo más importante no son los logros que obtengamos en esta vida, sino la posición que tenemos en él. Somos salvos por gracia. Hemos sido perdonados no porque lo hayamos merecido. Hemos sido traídos a la luz admirable del evangelio de Cristo no para formar nuestros propios imperios, sino para ser siervos de Cristo, para ser esclavos de él.
Lamentablemente hoy día hay predicadores que desean formar sus propios imperios y esto es reprobable en las Escrituras. En la Palabra de Dios encontramos que los pastores son solo siervos de Dios, que los creyentes en Cristo son siervos de Dios. No son las súper estrellas de la televisión tal como lo vemos en estos días. No somos súper estrellas. Somos solamente siervos. Siervos de Dios y siervos de Cristo.
Como conclusión solo deseo decir lo siguiente: La transformación de Santiago es asombrosa. Desde oponerse y burlarse de su medio hermano al principio, hasta llegar a servirle y morir por él al final. Santiago no fue un seguidor de Jesucristo solo de lejos, mas bien, llegó a consagrarse tanto a su Señor viviendo una vida de santidad y coronándolo como el Señor en todas las áreas de su vida, que aún estuvo dispuesto a morir por él. Ese es el ejemplo que debemos seguir. Un ejemplo de abnegación, un ejemplo de aún estar dispuestos a dar nuestra propia vida si fuere necesario por aquel que dio su vida por nosotros. Santiago lo hizo. Aunque era un medio hermano de Cristo en la carne, eso para él no era lo más importante. Ahora lo más importante para él era que había sido perdonado. Había sido rescatado de su vana manera de vivir y ahora se había convertido en un siervo de Cristo. No solo estuvo dispuesto a convertirse en un esclavo de Cristo, pero también estuvo dispuesto a dar su vida por él.